• Decides rápido para quitarte cosas de encima. No eliges: despachas. La pregunta no es «¿qué quiero?», sino «¿qué me saca esto de la lista?».
  • Descansar te genera culpa. Te sientas y aparece la sensación de que deberías estar haciendo algo. El descanso solo se permite cuando ya no queda nada pendiente — o sea, nunca.
  • No recuerdas la última vez que elegiste algo solo porque te apetecía. Sin utilidad, sin que sirviera para nada ni para nadie.
  • Tu cuerpo avisa y tú negocias con él. El sueño que no descansa, la mandíbula apretada, el cansancio que no se va durmiendo. Lo registras, lo aparcas, sigues.
  • Estás con la gente que quieres, pero no del todo. Cenas, escuchas, respondes… y por dentro sigues en la lista de mañana. Presencia física, ausencia real. Y luego te preguntas por qué, rodeada de gente, a veces te sientes sola.
  • Sabes perfectamente qué no quieres, pero no sabrías decir qué quieres. Esta es quizá la más reveladora: el automático afila el rechazo y apaga el deseo.
  • Y una que suele aparecer de golpe: un día paras —en un semáforo, en una sala de espera— y piensas «¿cómo he llegado hasta aquí?». No porque sea un mal sitio, sino porque no recuerdas haber decidido venir.